¿Saltarse comidas ayuda o perjudica? Lo que dice la ciencia sobre ayunos prolongados y horarios irregulares

En redes sociales, saltarse comidas suele presentarse como una estrategia rápida para “desinflamar”, bajar de peso o mejorar la salud metabólica. Sin embargo, la evidencia científica muestra un panorama mucho más matizado: no es lo mismo un ayuno planificado que comer de forma caótica, y los efectos varían según la duración, la regularidad y el contexto de cada persona.

El cuerpo humano está diseñado para adaptarse a periodos cortos sin alimento. De hecho, durante ayunos controlados se activan procesos como la utilización de grasa como fuente de energía y mecanismos de limpieza celular. Estos beneficios, observados principalmente en protocolos estructurados de ayuno intermitente, dependen de que el descanso, la hidratación y la calidad de la alimentación se mantengan adecuados.

El problema aparece cuando “saltarse comidas” no responde a una estrategia consciente, sino a horarios irregulares, jornadas largas o restricción excesiva. En estos casos, el organismo percibe una señal de estrés. Al no recibir energía de forma predecible, aumenta la producción de cortisol, la hormona del estrés, lo que puede favorecer inflamación, fatiga y desajustes hormonales.

Desde el punto de vista metabólico, comer de manera irregular dificulta la regulación de la glucosa en sangre. Saltarse comidas con frecuencia puede provocar picos y caídas bruscas de azúcar, lo que se traduce en irritabilidad, dificultad para concentrarse y antojos intensos más tarde en el día. Esto explica por qué muchas personas terminan comiendo en exceso por la noche tras haber “ahorrado” comidas durante la mañana.

El sistema digestivo también se ve afectado. El cuerpo funciona con ritmos biológicos conocidos como relojes circadianos, que no solo regulan el sueño, sino también la digestión y el metabolismo. Comer siempre a deshoras confunde estos relojes internos y puede generar inflamación intestinal, acidez, distensión abdominal y mala absorción de nutrientes.

En cuanto al control de peso, la ciencia no respalda la idea de que saltarse comidas de forma desordenada sea una solución efectiva. Si bien algunas personas bajan de peso al reducir la frecuencia de comidas, otras experimentan el efecto contrario: el metabolismo se vuelve menos eficiente y el cuerpo tiende a almacenar energía como mecanismo de defensa.

Los ayunos prolongados, especialmente cuando no están supervisados, pueden ser contraproducentes para ciertos grupos. Personas con antecedentes de trastornos de la conducta alimentaria, problemas hormonales, diabetes, embarazo o altos niveles de estrés pueden experimentar efectos negativos importantes. En estos casos, la regularidad suele ser más beneficiosa que la restricción.

Más que enfocarse en cuántas comidas se hacen al día, la clave está en la coherencia. Comer a horarios similares, priorizar alimentos reales y permitir periodos razonables de descanso digestivo suele ser más saludable que alternar entre ayunos largos y atracones. El cuerpo responde mejor a la previsibilidad que a la restricción extrema.

En conclusión, saltarse comidas no es ni una solución mágica ni un error absoluto. Puede ser útil cuando se hace de forma estructurada y consciente, pero perjudicial cuando se convierte en un hábito desordenado. La ciencia apunta a que la regularidad, la calidad de la alimentación y el respeto a los ritmos del cuerpo pesan más que cualquier moda alimentaria.

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